Cómo el descubrimiento de enzimas de Severo Ochoa cambió la investigación del ARN

16

Severo Ochoa no sólo descubrió una enzima. Abrió una puerta para comprender cómo las células construyen proteínas, una hazaña que le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1959. Compartió ese honor con Arthur Kornberg, pero el trabajo de Ochoa se centró específicamente en el ácido ribonucleico (ARN). Esta sustancia es el intermediario fundamental entre el código genético del ADN y las proteínas que realmente hacen funcionar una célula.

Nacido en Luarca, España, el 24 de septiembre de 1905, Ochoa fue un hombre de muchas fronteras. Finalmente se convirtió en ciudadano estadounidense en 1956. Murió en Madrid el 1 de noviembre de 1993. Su carrera fue un mapa de la migración científica, desde España a Alemania, de regreso a España y luego a través del Atlántico hasta los Estados Unidos.

Una educación global en bioquímica

El camino de Ochoa comenzó en la Universidad de Madrid. Obtuvo su doctorado en medicina en 1929. Eso fue sólo el comienzo. Pasó dos años en Heidelberg, Alemania, estudiando bioquímica y fisiología muscular con Otto Meyerhof. Meyerhof era un gigante en este campo. Esta formación le dio a Ochoa un profundo aprecio por la dinámica energética del tejido vivo.

Regresó a España para dirigir la división de fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas de la Universidad de Madrid en 1935. A finales de los años 30 le llevaron a Oxford, donde investigó la tiamina (vitamina B1). Allí pasó cuatro años, de 1938 a 1941.

En 1942, Ochoa había cruzado el océano. Se incorporó a la Universidad de Nueva York como investigador asociado en medicina. En 1946, era profesor de farmacología. La trayectoria era clara. Se levantó rápidamente. En 1954, era presidente del departamento de bioquímica de la Universidad de Nueva York.

La enzima que no era lo que parecía

El descubrimiento que definiría su legado ocurrió en 1955. Ochoa investigaba fosfatos de alta energía. Aisló una enzima de bacterias. Lo llamó polinucleótido fosforilasa.

En ese momento, creía que esta enzima sintetizaba ARN. Esa creencia estaba equivocada.

Investigaciones posteriores demostraron que la función natural de la enzima en las bacterias es degradar el ARN. Lo descompone. Sin embargo, en un tubo de ensayo, las condiciones químicas pueden obligar a que la reacción se desarrolle a la inversa. Bajo esas condiciones artificiales específicas, la enzima puede construir cadenas de ARN.

La enzima ha sido singularmente valiosa al permitir a los científicos comprender y recrear el proceso por el cual la información hereditaria contenida en los genes se traduce, a través de intermediarios de ARN, en enzimas que determinan las funciones y el carácter de cada célula.

Esta distinción importaba menos que la utilidad de la herramienta. Los científicos necesitaban una forma de crear cadenas de ARN en el laboratorio. No tenían muchos. La polinucleótido fosforilasa proporcionó esa capacidad.

Por qué esto es importante para la investigación del ARN

Antes de este descubrimiento, el mecanismo de traducción genética era en gran medida teórico. Los genes contenían información. Las proteínas hicieron el trabajo. Pero el puente entre ellos era oscuro.

La enzima de Ochoa permitió a los investigadores sintetizar cadenas de ARN con secuencias específicas. Luego podrían estudiar cómo estos