Estados Unidos ha salido formalmente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), marcando una ruptura definitiva después de meses de escalada de tensiones y acusaciones. La administración Trump, ahora encabezada por un segundo mandato, justificó la retirada citando supuestas fallas en el manejo de la pandemia de COVID-19 por parte de la OMS, alegando que la organización obstruyó el intercambio oportuno de información y ocultó detalles críticos. Sin embargo, la OMS rápidamente refutó estas afirmaciones, afirmando que actuó con rapidez, compartió datos de manera transparente y brindó orientación basada en evidencia durante toda la crisis.
La medida subraya un patrón más amplio de desconfianza en las instituciones internacionales bajo la administración actual. Esto no es simplemente un cambio de política, sino una señal de que Estados Unidos tiene la intención de ejercer un mayor control sobre sus políticas de salud pública, incluso al costo potencial de la coordinación global. La decisión se tomó sin debate en el Congreso ni participación pública, lo que plantea dudas sobre la responsabilidad y la transparencia en decisiones que afectarán a millones de estadounidenses.
Acusaciones y contrademandas
Figuras clave del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS) han criticado directamente a la OMS. El secretario Robert F. Kennedy, Jr., afirmó que la retirada “reclamaría la independencia estadounidense” y daría prioridad a la soberanía estadounidense, pero sus afirmaciones carecían de pruebas específicas y se basaban en amplias generalizaciones. Mientras tanto, Jim O’Neill, director interino de los CDC, acusó a la OMS de ignorar las alertas tempranas de Taiwán en 2019 y promover cierres ineficaces.
El Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, respondió enérgicamente en las redes sociales, calificando las afirmaciones de Estados Unidos de “falsas”. Hizo hincapié en que la OMS recomendó, pero nunca ordenó, medidas como el uso de mascarillas, el distanciamiento o las vacunas, dejando las decisiones políticas a los gobiernos individuales. Esto pone de relieve un punto crítico: el manejo de la pandemia por parte de la administración estadounidense (incluidos despidos iniciales, mensajes inconsistentes y una respuesta tardía a las pruebas) jugó un papel importante en las luchas del país.
Las implicaciones más amplias
La retirada de la OMS no se trata simplemente de disputas pasadas; tiene consecuencias concretas para la futura seguridad sanitaria mundial. La organización sirve como un sistema vital de alerta temprana para patógenos emergentes, proporcionando inteligencia crucial que permite a las naciones prepararse para los brotes. Sin la participación de Estados Unidos, esta red se debilita, lo que potencialmente deja al país vulnerable a futuras pandemias.
Los expertos advierten que romper los vínculos con la OMS obstaculizará la capacidad de Estados Unidos para responder eficazmente a las crisis sanitarias. Kelly Henning, MD, de Bloomberg Philanthropies, enfatizó que Estados Unidos se perderá el diálogo, la coordinación y la colaboración críticos, lo que hará mucho más difícil la protección oportuna de la salud estadounidense. La decisión también socava décadas de trabajo conjunto entre agencias estadounidenses (CDC, FDA, HHS) y la OMS, poniendo en peligro las asociaciones establecidas.
La insistencia de la administración Trump en la autosuficiencia en materia de salud global es particularmente sorprendente dados sus propios fracasos a la hora de establecer un sistema de vigilancia nacional sólido durante la pandemia de COVID-19. Estados Unidos dependió de un rastreador administrado por voluntarios en la Universidad Johns Hopkins para obtener datos básicos de casos, un marcado contraste con el monitoreo coordinado y en tiempo real proporcionado por la OMS. Esto sugiere que el enfoque actual puede no sólo debilitar la seguridad sanitaria mundial, sino también dejar a Estados Unidos mal preparado para la próxima amenaza pandémica.
En última instancia, la retirada de Estados Unidos de la OMS es una apuesta calculada que prioriza los objetivos políticos sobre la salud pública. Las consecuencias a largo plazo, entre ellas una menor cooperación internacional, una menor preparación para una pandemia y una mayor vulnerabilidad a futuros brotes, aún están por verse.





























