Incluso cuando la fase aguda de la pandemia de COVID-19 retrocede, sus consecuencias a largo plazo continúan remodelando las estrategias farmacéuticas y de atención médica. El COVID prolongado, que afecta aproximadamente al 7 % de los adultos estadounidenses, sigue siendo un desafío importante para la salud pública, lo que frustra a los pacientes y confunde a los investigadores. Estudios recientes de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) revelan la complejidad de la afección, mientras que las compañías farmacéuticas están reevaluando sus prioridades, cambiando las inversiones hacia la fabricación nacional y reevaluando la tecnología de ARNm.
La naturaleza multifacética del COVID prolongado
La esperanza inicial de una rápida recuperación de la COVID-19 ha dado paso a la realidad de una enfermedad crónica y multifacética. El COVID prolongado no es una enfermedad única, sino un espectro de cursos de enfermedades, con síntomas que van desde leves y transitorios hasta graves y persistentes.
Un estudio de los NIH de noviembre de 2025, que siguió a casi 3700 adultos, identificó ocho trayectorias largas de COVID distintas. Aproximadamente el 10% de los participantes todavía reportaron síntomas un año después de la infección, y el 5% experimentó fatiga implacable, confusión mental y dolor. Otro 12% experimentó brotes intermitentes, mientras que el 14% inicialmente se recuperó sólo para recaer meses después.
Estos hallazgos subrayan la diversidad biológica de Long COVID y la necesidad de investigaciones y tratamientos personalizados. Las mujeres y las personas hospitalizadas durante una infección aguda tienen más probabilidades de sufrir síntomas graves y duraderos.
Las terapias cognitivas se quedan cortas
Para muchos, los síntomas más debilitantes del COVID prolongado son neurológicos. El ensayo RECOVER-NEURO, respaldado por los NIH, probó programas de rehabilitación cognitiva en 22 sitios, evaluando el entrenamiento adaptativo, cursos estructurados y terapia de estimulación cerebral.
Los resultados fueron decepcionantes: ninguna intervención mejoró significativamente la función cognitiva en comparación con el grupo de control, a pesar de los informes subjetivos de mejora de los participantes. Esto pone de relieve una brecha crítica en las opciones de tratamiento: ninguna terapia farmacológica o conductual establecida aún proporciona beneficios claros para el COVID prolongado cognitivo.
Un cambio en la estrategia farmacéutica
A medida que la complejidad de Long COVID se vuelve más clara, las empresas farmacéuticas se enfrentan a panoramas cambiantes de políticas y financiación. El Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. (HHS) anunció en agosto de 2025 que pondría fin a los programas de desarrollo de vacunas de ARNm bajo BARDA, cancelando 500 millones de dólares en proyectos.
Esta decisión, encabezada por el secretario Robert F. Kennedy Jr., señala un paso decisivo desde las plataformas de ARNm hacia “tecnologías de vacunas más seguras y más amplias”. Desde entonces, Moderna ha cancelado múltiples programas clínicos, citando rentabilidad y repriorización.
Sin embargo, las interrupciones de la cadena de suministro provocadas por la pandemia han estimulado una inversión significativa en la fabricación biofarmacéutica de Estados Unidos. Novartis planea una expansión de 23 mil millones de dólares, mientras que Moderna está invirtiendo 140 millones de dólares en sus instalaciones de Norwood para mejorar la producción de ARNm para vacunas personalizadas contra el cáncer. Este giro refleja un cambio estratégico más amplio hacia el control de la cadena de suministro y la modernización de la biofabricación.
Investigación y adaptación en curso
A pesar de los recortes federales, la tecnología del ARNm sigue evolucionando. La FDA aprobó una nueva vacuna COVID-19 dirigida al sublinaje LP.8.1 Omicron en agosto de 2025, lo que demuestra la adaptabilidad del ARNm a variantes emergentes.
Los investigadores también están explorando terapias reutilizadas como Paxlovid y agonistas experimentales de GLP-1 para la inflamación prolongada relacionada con el COVID. La búsqueda de tratamientos eficaces sigue siendo una prioridad, aunque el progreso ha sido lento.
Los efectos a largo plazo de la pandemia han transformado la industria biotecnológica, pasando de la financiación de emergencia a la enfermedad crónica posviral. La investigación prolongada sobre la COVID exige colaboración interdisciplinaria, pero ofrece resultados inciertos.
El futuro de la gestión de la COVID prolongada depende de una investigación sostenida, una inversión farmacéutica estratégica y una comprensión más profunda de esta compleja afección. El camino a seguir requiere un compromiso con la innovación y la resiliencia frente a los desafíos cambiantes.





























